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30 de agosto de 2010

Cuba: la Revolución ¿una victoria pírrica?

PorCubaTodo

Cuba: la Revolución ¿una victoria pírrica?


¿A qué viene declarar vía franca a la formación de una mediana burguesía propietaria en Cuba hoy?

Roberto Cobas Avivar
Para Kaos en la Red
26-8-2010 www.kaosenlared.net/noticia/cuba-revolucion-victoria-pirrica

La transición socialista en Cuba no necesita del retorno a lucha de clases alguna para abrirse paso.

Entender que la lucha de clases en Cuba lleva a la insurrección armada (1956-1959) contra el poder burgués establecido, es comprender que ello no se produce como consecuencia directa de la dialéctica del movimiento socioeconómico del modo de producción capitalista. Esa diferencia con las revoluciones burguesas habidas es determinante para entender el fenómeno histórico de la revolución cubana y el problema de la transición socialista por la que puede luchar la sociedad cubana hoy.

Las revoluciones burguesas expresan el parto “natural” de un nuevo modo de producción ante la asfixia de los brotes de nuevas relaciones sociales de producción, que emergen negando dialécticamente las establecidas (feudales). No puede esperarse por analogía una revolución proletaria como negación dialéctica del modo de producción burgués. No es la clase proletaria la que detenta los medios de producción ni la que conforma y dirige el modo de producción.

La revolución cubana de 1959 no se explica en los términos de la dialéctica del desarrollo del modo de producción. Su carácter es eminentemente político, pero tampoco es una revolución esencialmente proletaria. Es decir, ni se ha gestado el brote determinante de nuevas relaciones sociales de producción dentro del modo de producción capitalista cubano de la época, ni es la clase obrera organizada la que gesta y dirige la revolución social habida. El parto “cesárico” no significa el nacimiento de un nuevo modo de producción, puesto que invariablemente habría de darse como negación de carácter socialista. No es posible encontrar racionalidad socio-histórica que demuestre la negación de la negación como una involución dialéctica.

La insurrección armada en Cuba deviene una reacción a la agudización de la lucha de clases ante la pronunciación del carácter represivo del estado burgués por su insolvencia republicana. La idea de la república burguesa según la concebía el ideario martiano, acaso el proyecto político de república capaz de brindarle un rostro humano al proceso de acumulación originaria de capital en Cuba, perece bajo condiciones de un capitalismo periférico-dependiente de carácter anti-nacional.

La revolución cubana del 59 no siendo un resultado histórico del desarrollo de las fuerzas productivas burguesas, reactivas en su constante búsqueda y ajuste de la institucionalidad que mejor albergue y potencie la acumulación de capital; constituye una ruptura que aborta el proceso de acumulación y desarrollo del modo de producción capitalista. Una ruptura de la institucionalidad capitalista en sí misma. En efecto una ruptura del estado burgués, con todas sus consecuencias sociopolíticas.

Como en una máquina del tiempo los cubanos tenemos el privilegio de poder retroceder una y otra vez en incursiones cognitivas sobre ese proceso presente en la realidad latinoamericana que lo circunda. Cual viaje a los museos de la prehistoria en busca del hombre del cromañón.

Uno de los errores de mayor impacto negativo en el proceso de creación de la alternativa socialista cubana ha sido y continúa siendo la falta de ilustración cognitiva del pensamiento social, cerrándosele a las generaciones cubanas nacidas con la Revolución las ventanas de observación directa de la realidad latinoamericana. No se trata aquí de la reducción de la cuestión al problema del contacto material con dichas realidades, un contacto gerenciado desde el estado (misiones internacionalistas establecidas y prohibiciones de salida y entrada libre a su país de los cubanos incluido). Hablo de las políticas de información en un mundo de comunicación eminentemente audio-visual.

Exponer en la televisión cubana, más allá de toda propaganda ideo-burócrata, a través de la habilitación de algún canal de interacción política con la sociedad - acaso la creación de la televisión cultural pública por cable, por esa razón única en su género en el mundo - la realidad socioeconómica y política de los países latinoamericanos (incluyendo a los propios EEUU), tal como la llegan a mostrar sus propias emisoras televisivas; haciendo de ello encuentros de análisis y debates propios, constituye una manera insustituible de educación activa del conciente político sobre el significado histórico y el sentido humanista de la “construcción” de una realidad sociopolítica alternativa como la cubana.

Sin embargo, desde la incultura política de la burocracia apoderada de la política informativa y los medios de comunicación, la censura ha sido y es la idea cavernaria de la ilustración del pensamiento. Para entender el calado reaccionario de la actitud mental contrarrevolucionaria, tómese el caso de Telesur. Emisora multinacional nuestra-latinoamericana, en la que Cuba participa con alrededor de un 10% del capital accionario, es censurada en Cuba, de la misma manera que lo hace la mayoría de los gobiernos latinoamericanos por el peligro ideológico-cultural que para los mismos la emisora representa.

La brutal necesidad de controlar el pensamiento del «hombre nuevo» para razón de la idea hegeliana, constituye la mayor aberración política del “real socialismo cubano”.

Es sencillo entender el desafío político que el acceso libre a Internet representa para el orden estado-crático anti socialista. La conexión del cable submarino de fibra óptica (2011) para banda superancha, inversión de la propia Revolución - y que en principio para los cubanos debería ser, como vengo sugiriendo, de acceso universal gratuito como los servicios de la salud y la educación -, paradójicamente se vislumbra como un cisma cultural en Cuba. Pero un cisma que - contrariamente a como desde el dogmatismo ideológico se pretende - activará el conciente sociopolítico de la juventud cubana. Podrá ser así, siempre y cuando el régimen socioeconómico asuma el reto de los cambios políticos que la transición socialista está demandando con urgencia dramática.



II

Si dado el hecho de la ruptura revolucionaria, la noción de “construcción del socialismo” adquiere el carácter de «creación heroica», no lo es en la interpretación marxiana de Mariátegui. La toma violenta del poder del estado por el movimiento revolucionario cubano se salta ese “ir arrancando desde el poder político gradualmente a la burguesía todo el capital” , como lo expusiera Marx. El sentido mariateguista de creación heroica del socialismo es adecuadamente aprehensible en el “laboratorio” de la revolución bolivariana de Venezuela. Otra vez, un laboratorio político cuidadosamente cerrado por la estado-cracia cubana al conocimiento y el pensamiento crítico del pueblo cubano.

Con todo el capital en su poder, la creación heroica del socialismo por el pueblo cubano no puede más que significar una organización del modo de producción donde el capital sea un factor de reproducción social directamente en manos de los trabajadores. No en manos del estado. Ese es el principio rector del cambio y a ello se circunscribe la idea de la transición socialista en Cuba.

La revolución socio-popular cubana, dada sobre un relativamente avanzado estado de las relaciones sociales de producción capitalistas - a diferencia de la rusa y la china -, rompe radicalmente con el núcleo duro del modo de producción capitalista: el reino de la propiedad privada. Las condiciones históricas del momento - por suerte para la nación cubana - provocan la radicalización del proceso de cambio.

Lo que probablemente se hubiese limitado al marco de una revolución burguesa nacionalista – como, más allá de su expresión política, derivara la llamada revolución de 1933 -, por cuanto la fuerza revolucionaria que organiza, dirige la insurrección y toma el poder no posee otra genealogía de clase, se convierte en una revolución popular-nacionalista. La concienciación revolucionaria de Fidel, Raúl y el Ché (salvando la inmadurez y los grados de la formación marxiana en los mismos) decanta el curso de la lucha de clases que se encona entre 1960 y 1970 - a la que se ha sumado la alta burguesía yanqui - en favor del carácter socialista de la revolución en curso. Fidel no declara el carácter comunista, sino socialista de la Revolución en 1961. No se ha declarado con ello ningún periodo manualesco de transición socialista hacia el comunismo. El carácter socialista de la revolución es la inspiración política en lo sucesivo del proceso de transformación sociopolítico.

La violentación de la propiedad privada burguesa y la apropiación de todo el capital, dada la toma del poder político por la insurrección armada, puede encarnarse en la interpretación marxiana de “revolución comunista” (El Manifiesto). La revolución estaba por delante. Si Marx no plantea la construcción de comunismo alguno (ese ha venido a ser otro mal entendido del "marxismo" vulgar), no deja de explicar a través del materialismo histórico el imperativo comunista. Sólo la lucha de clases llevada al punto de ebullición de la “revolución comunista” podía alterar la dialéctica del desarrollo socio-histórico del modo de producción capitalista.

La contradicción entre el carácter de la revolución socialista cubana y la idea marxiana de la revolución comunista concierne la entrega de todo el poder apropiado a los trabajadores (obreros, como clase proletaria en la realidad histórica marxiana). ¿Se favorecía la consolidación del poder revolucionario cubano en situación de contingencia interna sin concentrar toda la propiedad en el estado? No, por cuanto el programa de superación del extraordinario déficit social en que se concentraban las inversiones era vital a la consolidación de ese poder.

Empero ya no es así, cuando menos a partir de 1980. Decididamente no luego de la inflexión de la crisis económica de 1990-93. Por cuanto el condicionamiento de fondo de la misma es precisamente la disfunción estructural de un sistema económico que concentra toda la propiedad en manos del estado en gestión verticalista burocrática.

Es ese el planteamiento que toca directamente el problema de la plena socialización del capital como invariable premisa de la transición socialista mediatizada durante 50 años.



III

La dinámica revolucionaria es propia de la toma del poder del estado de forma rupturista. En términos marxianos: “Así entendida, sí pueden los comunistas resumir su teoría en esa fórmula: abolición de la propiedad privada” (El Manifiesto).

Las nacionalizaciones que catalizan las agresiones yanquis quiebran el fundamento económico de la burguesía apoderada en Cuba e, ¡importante!, de la gran burguesía norteamericana que ha impuesto y domina el modo de producción capitalista cubano. La huida masiva a los EEUU de la burguesía criolla - básicamente testaferro de la extranjera -, deshace el enfrentamiento clasista determinante posrevolucionario (pos 1959). La oposición de clase se auto exilia y se ejerce en esencia desde el exterior. La lucha del Escambray sofoca sus últimos reductos en la Isla. No hay burguesía como clase apoderada económicamente en Cuba ya a finales de los 60. Ha quedado una pequeña y mediana burguesía propietaria sin capacidad de lucha contra el nuevo poder del estado.

Con la ofensiva revolucionaria de 1968 se rompe el basamento económico de la mediana burguesía remanente. Existían empresas privadas (“negocios”) que dado su mediano crecimiento funcionaban empleando mano de obra asalariada. La pequeña burguesía campesina queda reducida políticamente. La pequeña burguesía urbana es liquidada - in extremis - por la misma ofensiva. A partir de 1975 no puede hablarse de lucha de clases en Cuba. No desde el entendimiento marxista. Se han liquidado las condiciones objetivas que producían la división clasista de la sociedad.

Al liquidarse el sistema de propiedad privada como eje del modo de producción: la propiedad industrial y la propiedad financiera, no hay más determinación objetiva para una división clasista de la sociedad. Han pasado apenas 15 años de la toma del poder. Lo que ha tenido lugar - para bien de la nación cubana - ha sido una revolución sociopolítica anticapitalista radical. No ha sido producto de un programa político establecido por partidos algunos que movilizan a las masas en la lucha por la toma del poder político del estado burgués (Perón y Allende derrocados por la burguesía fiera, y Venezuela hoy en lucha incesante).

Ha sido el derrocamiento radical por vía violenta del estado burgués y el efectivo desmantelamiento de su fundamento socioecómico.

Ha influido en ello un conjunto de factores internos, geoeconómicos y políticos que confluyen en un momento histórico. Es posible imaginar como, confirmado el hecho revolucionario, el viejo Marx deja su “palco de observación” en euforia inocultable y se va a brindar con su querido amigo, presto a contarle cuánto ha aprendido. El amigo le dirá, sonriendo, que todo estaba escrito.




IV

Lo que tiene lugar en lo sucesivo es la lógica agudización de las contradicciones políticas internas por el reacomodo de un nuevo conciente social, el que generaba el nuevo modo de producción e intercambio. No puede hablarse de antagonismo clasista más allá de las remanencias del conciente político de los actores sociales criados por el ancien regime. Las Memorias del Subdesarrollo[1]. El cambio social revolucionario plantea nuevas definiciones. ¿Se trabaja para sí, o para algún propietario privado? Asumiendo el carácter social de la Revolución , trabaja para sí toda la sociedad. Empero comenzando a trabajar para sí, se ha comenzado ahora a trabajar para el estado. El estado se convierte en protector y gestor, y de esa forma, con todo el capital en sus manos, legitima el control absoluto y la gestión centralizada de la plusvalía. Para ello es imprescindible mantener el trabajo asalariado como atributo determinante de las relaciones sociales de producción.

En ese sentido es irrefutable el entendimiento del sistema político cubano como una expresión de neo-capitalismo monopolista de estado[2]. No es posible hablar de capitalismo entendiéndolo en su esencia clasista porque no existe la propiedad privada, de ahí la distinción de “neo”. Haciendo desaparecer el antagonismo de clase, se mantiene la esencia política del modo de producción capitalista: el antagonismo entre capital y trabajo. La idea de socialismo se ha reducido a la esfera de la distribución - «socialismo de estado», algo muy distinto al capitalismo socialdemócrata entendido socialista, que resguarda el imperio de la propiedad privada.

Pero las relaciones sociales de producción mantienen la estricta subordinación del trabajo a la acumulación estatal de capital. Ello hace que sea insostenible hablar de socialismo por el hecho de que la plusvalía es invertida en el desarrollo social. La inversión social se da sin que al mismo tiempo se dé la emancipación del trabajo. Tal como sucede en todos y cada uno de los países capitalistas.

Esa constatación marxiana es de importancia capital (nunca mejor dicho) en el entendimiento de la realidad política cubana actual a la luz del reformismo económico emprendido por el Partido y el Gobierno cubano.

La transformación revolucionaria del modo de producción capitalista termina muy tempranamente por la influencia del real socialismo eurosoviético. La experiencia socialista propia queda hipotecada por 30 años. De ahí cabe inferir que la radicalización socio-nacionalista entre 1960 y 1975 no se debata en un proceso consecuente de socialización del modo de producción.



V

En los primeros treinta años de poder revolucionario lo que se produce es la casi plena proletarización de la sociedad cubana. Toda la fuerza de trabajo determinante del carácter político de las relaciones sociales de producción es asalariada. La conversión casi total del campesinado empleado por la industria azucarera oligárquica, en obreros estatales una vez nacionalizada la industria, pasándole por arriba a la exitosa experiencia inicial de las cooperativas azucareras promovidas por el propio Fidel (1960-62)[3], constituye la ilustración didáctica de lo que ha sido el dogma sobre la necesidad de la dictadura del proletariado impuesto por el “marxismo” vulgar.

Como consecuencia del proceso de estatalización de la propiedad no existe división clasista de la sociedad. No existe propiedad privada determinante ni, en consecuencia, la objetividad de burguesía y proletariado. Puede asumirse que ese ha sido el lado político positivo del sistema de propiedad estatal: justamente haber mantenido la desarticulación de la división clasista de la sociedad cubana. No se puede hablar, en rigor, ni de “lucha de clases de baja intensidad”. A menos que no sea para expresar el antagonismo entre trabajo y capital latente en las relaciones sociales de producción.

La sociedad cubana actual, varias generaciones, ha transitado por la experiencia inestimable de la ausencia de explotación clasista. Lo que viene teniendo lugar hasta hoy, en cambio, es la acumulación de contradicciones internas de relaciones sociales de producción apresadas políticamente en las camisas de fuerza del modo de producción estado-centrista. No hay interacción dialéctica de dichas contradicciones. Pero no hay lucha de clases alguna.

En consecuencia, lo que se tiene es el enfrentamiento del estado con la sociedad por hacer valer un sistema de relaciones de producción burocrático por definición. Si las clases y sus luchas antagónicas se gestan por la posición política que ocupan las mismas con respecto a la posesión de los medios de producción, lo que se da en Cuba es una oposición natural entre el trabajador asalariado, alienado de los medios de producción, y la burocracia político-administrativa que los posee en gestión excluyente.

Podríamos hablar en Cuba - simplificado el carácter de las contradicciones internas del modo de producción estado-centrista - de una clase trabajadora (proletarizada) y una clase burócrata (estado-partidista). Y ello nos lleva a entender el significado de la plena socialización de los medios de producción. La socialización plantea de hecho la eliminación de ambas «clases». Desaparecen por “muerte natural” el proletario y el burócrata. Hablamos del burócrata apoderado de la gestión de los medios de producción; no de la burocracia oficinesca congénita a todo estado, tal como la retrata en Cuba “ La Muerte de un Burócrata”[4]. Y desaparecen porque desaparece el trabajo asalariado y la propiedad estatal. La intensidad de este proceso de transformación de las relaciones sociales de producción pertenece al ámbito del ejercicio político.

Por supuesto, podemos desaparecer al burócrata sin hacer desaparecer al proletario. Eso se logra con la restauración de la empresa privada. Es decir, con la reversión capitalista de las relaciones sociales de producción. La burocracia deja de ser una clase en sí misma, no es necesaria como tal al nuevo modo de producción regido por la propiedad privada. El proletario cambia de patrón, había sido el estado, ahora vuelve a ser el propietario privado.



VI

Llegados aquí, no hay forma de evadir el choque político frontal con la lapidaria declaración del Presidente del Consejo de Estado, Raúl Castro, sobre la reforma económica que admite la explotación del trabajo asalariado por propietarios privados.

¿Qué indican la ausencia de fundamentación conceptual pública de la reforma, la ausencia de debate abierto en el Parlamento, la conculcación del debate con la sociedad? ¿Acaso el indudable revés del modo de producción estado-burocrático, convertido en victoria pírrica de la Revolución por obra y gracia del pensamiento único dogmáticamente atrincherado?

“Esto son sólo avances, la avalancha viene detrás”[5], replica presa de júbilo sin un ápice de reflexión política, por inverosímil que parezca, la periodista cubana de temas internacionales Elsa Claro para la revista digital Progreso-Semanal auspiciada en Miami.


¿A qué viene declarar via franca a la formación de una mediana burguesía propietaria en Cuba hoy?.

Es imposible no advertir que la declaración del PC cubano converge con la idea del Proyecto Varela acerca de la necesidad (demanda) de dar cabida a la «empresa privada». El Proyecto Varela constituye el programa político que la oposición ideológica al socialismo en Cuba promueve auspiciado política y financieramente por los EEUU. A diferencia de la propuesta SPD promovida por un grupo de cubanos residentes inequívocamente identificados con la Revolución y el ideario socialista[6], ese proyecto ha sido presentado reiteradamente por su promotores a la ANPP. ¿Por cuáles razones las declaraciones y las decisiones reformistas del PC cubano no asumen el debate democrático con las ideas y proposiciones revolucionarias sobre los cambios conceptuales y estructurales socialistas que se necesitan?

¿Puede aspirarse a que las respuestas las den los enemigos del debate revolucionario abierto con la sociedad? Aquellos que desde el “marxismo” vulgar tendrán listo el escenario oportunista del desarrollo de las fuerzas productivas bajo un largo periodo de lucha de clases en un imprescindible periodo de tránsito hacia el “comunismo”. ¿En virtud de lo cual lo que acaso estamos presenciando es la decantación de una lucha de intereses sectarios dentro de la superestructura política por el control del poder económico que se le niega al pueblo?

La apertura del dominio de la «empresa privada» sin precisiones conceptuales ni regulaciones jurídicas coherentes, está llamada a crear una economía de mercado oportunista que, dado la carencia socio-material de la sociedad y la profunda disfunción de la economía oficial, no tardará en imponerse como vía de acumulación y concentración dinámica de capital. En condiciones de propiedad privada “El trabajo asalariado presupone, inevitablemente, la competencia de los obreros entre sí” (Marx, El Manifiesto).

La previsible inversión privada de no menos de mil millones de dólares (remesas) anuales - incluida la propiedad accionista que surgirá iso facto de manera informal - en una economía que absorbería no menos del 20% de la PEA , estaría definiendo en el corto plazo una correlación de fuerzas económicas imposible de controlar por el Estado de la burocracia. Mientras tanto, a falta de otras definiciones sobre la socialización de la gestión, la burocracia político-administrativa seguirá incrementando sus parcelas de poder en la estión de los medios “estratégicos”: las industrias y las finanzas.

Si se contra argumenta que no se trata de regresar a la propiedad privada como componente dominante, y por ende determinante del carácter político de las relaciones sociales de producción e intercambio, entonces hay que plantear claramente el dominio de esa propiedad. Ese dominio no puede ser otro que el de la producción mercantil simple. Una producción que perteneciendo al dominio de la propiedad privada - es decir, no socializada - en principio no exige la explotación del trabajo asalariado.

Si la pequeña burguesía campesina y urbana en principio no cuenta como clase determinante de alguna de lucha de clases dado el carácter simple de su producción mercantil, no sucede así con la clase media burguesa que genera la “empresa privada” explotadora de fuerza de trabajo asalariada. La confusión conceptual, a falta de debate revolucionario democrático con la sociedad, es aprovechada siempre para pasar gato por liebre.

El poder de acumulación de la producción mercantil simple se limita no por políticas tributarias fiscales, por progresivo que sea el impuesto sobre la renta empresarial, sino por el hecho de que no expropian plusvalía. En otras palabras: no explotan de manera sistemática trabajo asalariado[7]. Esa es la cota política que le impone el modo de producción de carácter socialista.

Autogestión de los trabajadores y poder popular

¿Qué impide que el avance cualitativo del sistema socioeconómico sea hacia el verdadero empoderamiento del pueblo?.

Si el modo de producción actual exige que la burocracia político-administrativa sea la que los posea en gestión excluyente, la inclusión implica no otra cosa que la autogestión de los trabajadores. Es decir, la condición sine qua non de la proyección emancipadora del sistema de relaciones socioeconómicas. Nada fundamenta que tal propósito exija un retroceso antidialéctico hacia el estado de relaciones sociales de producción prerrevolucionario. Estamos hablando de las premisas estructurales hacia la eliminación del antagonismo entre trabajo y capital.

Si la democracia ha de ser el atributo de la participación, la autogestión constituye el criterio político del sistema socioeconómico. La autogestión implica - retomando la interpretación marxiana del Ché - la facultad de los trabajadores para determinar cuánto de la renta se le dedica al consumo (individual y colectivo) y cuánto a la inversión productiva (empresarial y pública). Ello significa que el soberano de la reproducción social es el pueblo. Y esto determina el sentido de pertenencia con respecto a los factores materiales que permiten la reproducción. Bajo cuyas condiciones la alienación del trabajo carece de caldo de cultivo.

Ante tal reestructuración conceptual, el estado es responsabilizado con las políticas macroeconómicas de la re-distribución, para lo cual el pueblo le cede a la administración pública - concensuados democráticamente los regímenes de tributación - los recursos monetarios para ello. Eso significa que, considerando el impacto social determinante de la inversión productiva, la autogestión empresarial no puede darse fuera del ámbito del autogobierno comunitario. Es decir, fuera de los presupuestos de las necesidades socio-materiales básicas de las comunidades (en esa matriz de municipios, provincias, territorios y regiones).

La autogestión de los trabajadores y el autogobierno comunitario constituyen “La sociedad compuesta – tal como nos lo explica sin ambigüedad Marx - por la asociación de los productores libres que trabajan conscientemente en base de un plan común y racional”.

Ante la plena socialización de la autogestión el problema de la propiedad social se diluye como secundario, en el sentido que no constituye piedra angular del modo de producción e intercambio. El fetiche de la propiedad pierde las condiciones objetivas que lo alimentan. Es así porque el trabajo asalariado pierde su sentido en la autogestión, dado que la renta es objeto de distribución primaria democrática.

La libre asociación de productores libres- contrariamente a la apreciación de J.C.Guanche (“Es rentable ser libres”, 2010)[8] - no es una idea marxiana pensada para el siglo XIX. Su trascendencia está en constituir el principio de la no-servidumbre del trabajo con respecto al capital. Eso es justamente lo que garantiza la socialización de los medios de producción y, en consecuencia, la condición de igualdad entre congéneres. No existe otro precondicionamiento para el fomento de una cultura del trabajo emancipadora.

En el régimen de los productores libres, “la libertad no es rentable”, porque no está medida por el capital, sino por la soberanía del trabajo. He fundamentado que la propiedad estatal actual puede socializarse, sin ser entregada en propiedad privada, pero sustrayéndosela a la burocracia estado-partidista apoderada, bajo los principios de la plena autogestión empresarial, en el marco de la integración de los autogobiernos comunitarios. La estructura piramidal de la gestión económica se aplana en función de su funcionalidad horizontal. La cooperación se teje como una necesidad vital ante un estado de naturaleza comunitaria. La antítesis de su actual carácter autoritario.

La posibilidad real de la alternativa sistémica al «socialismo de estado» como proyecto viable en Cuba existe. Nada de confusión ni utopía comunista. De todo lo que hablamos es de transición socialista.



RCA

[1] Film “Memorias del Subdesarrollo”, 1968 Cuba; dirección Tomás G. Alea

[2] En su furibundo ataque contra los “auténticos marxistas” cubanos, los militantes Escusa y Ricard haciendo de la ignorancia la beligerancia atacan dicha idea, mostrando una incapcidad absoluta para diferenciar lo fenomenológico de lo esencial. Ver: RCA, “Cuba: la batalla de ideas por la transición socialista”, en tres partes publicadas; http://www.kaosenlared.net/noticia/cuba-batalla-ideas-transicion-socia lista-tres-tiempos-1-parte

[3] Pedro Campos, “Ejemplo cubano de socialización : las cooperativas cañeras – 1969- 62” , en: www.kaosenlared.net/noticia/ejemplo-cubano-socializacion-cooperativas- caneras-1960-62-i

[4] Film “La muerte de un burócrata”, 1996 Cuba; dirección Tomás G. Alea

[5] Elsa Claro, “Vísteme despacio que tengo prisa”, en Progreso-Semanal, ver: http://progreso-semanal.com/4/index.php?option=com_content&view=ar ticle&id=2511:visteme-despacio-que-tengo-apuro&catid=4:en-cuba& amp;amp;amp;amp;amp;amp;amp;amp;amp;amp;amp;Itemid=3

[6] RCA, “Cuba: nuestro problema es el futuro”, en: http://www.kaosenlared.net/noticia/cuba-nuestro-problema-futuro-i-17

[7] Lo del empleo “sistemático” de mano de obra asalariada tiene que ver con la temporalidad del trabajo asalariado que las contingencias de la producción agraria, por ejemplo, puede necesitar, incluidas las cooperativas. Ese ámbito del trabajo asalariado empleado por propietarios privados individuales o cooperativos es perfectamente regulable económica y jurídicamente.

[8] Julio César Guanche; en Espacio Laical, no. 2 del 2010.

Roberto Cobas Avivar en Kaos en la Red