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5 de noviembre de 2010

Las pesadillas y los canallas

PorCubaTodo

Las pesadillas y los canallas
            Montreal.– Aunque en lo personal afortunadamente yo no fui detenido y por lo tanto no sufrí tortura en los tiempos del golpe militar en Chile o posteriormente en el de Argentina (tiempos de vivir peligrosamente, aquellos de los años 70 en América Latina), el tema de la tortura, es algo frente a lo cual he desarrollado mucha sensibilidad y un estricto parecer de principio: la tortura es una práctica antihumana, ofensiva para todos y que jamás puede tener justificación, no importa quién sea la víctima de ella. Es simplemente algo inaceptable y a mi juicio, peor que matar, porque su objetivo es provocar intenso dolor sobre un prolongado período de tiempo. En una situación hipotética en que tuviera que tuviera el poder de lidiar con alguien que hubiera devenido mi peor enemigo, preferiría darle un tiro de gracia antes que torturarlo. El acto de tortura por lo demás degrada también al que lo hace, es un acto indigno, peor que el acto del ejecutor o verdugo que simplemente mata de una vez.
            Estos pensamientos venían a mi mente estos días luego de ver la excelente película de Patricio Henríquez y Luc CotéYou Don’t Like the Truth: 4 Days Inside Guantánamo” (“A usted no le gusta la verdad: 4 días en Guantánamo”), en el que con muy pocos elementos se reconstruye todo el drama de un muchacho – nacido en Canadá, aunque de padres pakistaníes – que por circunstancias familiares termina instalado en Afganistán, a la edad de 15 años, justo al momento en que se produce la invasión estadounidense después del atentado contra las Torres Gemelas de 2001.
            Los detalles a partir de allí divergen entre las interpretaciones que tanto las autoridades militares estadounidenses y las del propio Omar Khadr, el joven canadiense que es el objeto central del film, han hecho. Aparentemente el muchacho, cuyo padre en efecto había abrazado la causa fundamentalista islámica, es dejado con un grupo de otros correligionarios como traductor, sin embargo cuando un grupo de soldados estadounidenses irrumpe en el edificio donde ellos están, se produce un enfrentamiento donde por lo demás la superioridad numérica norteamericana se hace notar fácilmente, pero que para las tropas invasoras deja a un soldado muerto, hecho que se atribuye al joven Khadr, herido en combate en esa oportunidad y hecho prisionero.
            El documental de Henríquez y Coté no entra a pronunciarse sobre si Khadr es culpable o no de ese hecho (la semana pasada Khadr efectivamente se declaró culpable, aunque todo hace pensar que eso es más parte de un acuerdo para tener una pena negociada y eventualmente poder salir de la pesadilla de Guantánamo, más que una real admisión de culpa, ya que a través de la cinta Khadr insiste – con mucha convicción – que él es inocente). En cambio, lo que sí los cineastas hacen y muy bien, es darnos una exhaustiva descripción tanto del tipo de tratamiento (tortura) que Khadr recibió de parte de sus captores estadounidenses, con abundante detalles por parte de otros prisioneros e incluso de al menos un soldado norteamericano que participó en la tortura, así como de esa otra forma de tortura – la psicológica – que utilizaron los agentes del Servicio Canadiense de Seguridad e Inteligencia que fueron a interrogarlo a Guantánamo.
            Aquí vale la pena decir unas pocas cosas que, de acuerdo con el título de esta columna, rara vez se tocan: me refiero al rol de los servicios de inteligencia o espionaje y a quienes hacen ese trabajo. Es cierto, ser un agente de inteligencia y seguridad requiere un tipo especial de individuo en el que muchas veces, la falta de escrúpulos debe ser una de sus características principales. Sin embargo uno rara vez tiene la ocasión de ver el tipo de canalladas que tales individuos son capaces de hacer, pues habitualmente no hay registro de sus actos, el secreto de su accionar siendo precisamente una de sus  características.
            Por eso es muy interesante como se construye este film, básicamente a partir de los registros en video de las entrevistas que durante cuatro días Khadr tiene con los agentes del Servicio Canadiense de Seguridad e Inteligencia, quienes sin identificarse como tales, son primero tomados por Khadr como funcionarios canadienses que van a ayudarlo (“¡Finalmente!” dice el prisionero con un tono de alivio y esperanza cuando se entera que sus visitantes son canadienses).
            A poco andar sin embargo, Khadr sufrirá la desilusión de su vida cuando va notando que lo único que los agentes canadienses quieren es que él admita su culpabilidad y más aun, que colabore con sus captores. Los videos revelan de manera muy clara toda la manipulación que realizan los agentes. Uno, como espectador, lo único que puede pensar en ese momento es que esos agentes canadienses son los más grandes hijos de p… que haya visto en el último tiempo (“visto” no realmente, el video de la prisión de Guantánamo oscurece la cara de los agentes, uno sólo oye sus voces). Peor aun, pensar que cada uno de nosotros a través de nuestros impuestos le pagamos el sueldo a estos canallas torturadores.
            Por cierto ya todos sabemos que Khadr se ha declarado culpable, aunque ello puede haber sido en el marco de una negociación para obtener una pena reducida y eventualmente cumplirla en una prisión canadiense. Esto último a su vez sujeta a que el gobierno permita su repatriación, que es lo que Khadr quiere, después de todo él es tan canadiense como Stephen Harper. Y no es casual que mencione al primer ministro aquí, ya que él se ha manifestado en contra de repatriar a Khadr. Es de esperar que eventualmente el gobierno cambie su parecer al respecto y permita que el joven cumpla el resto de su condena en éste, que es su país.
            A todo esto, es difícil determinar a este momento si Khadr es culpable o no, y si lo es, de qué exactamente. Digo esto porque la parte acusadora y algunos medios han hecho gran cobertura de lo que ha dicho la viuda del soldado norteamericano supuestamente muerto por el joven Khadr. Pero caramba, si alguien se incorpora a las filas militares en ese país (en Estados Unidos no hay servicio militar obligatorio) lo hace por propia voluntad, sabiendo claramente cuáles son las reglas del juego, la principal: que en combate todo puede suceder, incluyendo que a uno lo maten. Así de simple y brutal es la cosa.
            La idea misma de haber enjuiciado a alguien por matar a un soldado, en combate, es una aberración (Estados Unidos sin embargo ha eludido hacer frente a esa falencia de su procedimiento, por el simple expediente de declarar a civiles como Khadr, de modo unilateral y en contra de toda legislación de guerra, como “combatientes ilegales”). Es por lo demás natural que cuando un país es invadido, sus defensores ataquen a los invasores y como resultado de ello algunos de estos últimos terminen muertos también. ¿Cuántos soldados perdió la Alemania Nazi en sus invasiones durante la Segunda Guerra Mundial? Estados Unidos que como potencia mundial es un invasor habitual en diversas latitudes y con métodos que superan en mucho a los de sus predecesores hitlerianos, tiene que estar acostumbrado al hecho que en esas andanzas por dominar, tiene que dejar a algunos de sus soldados en el campo de batalla. Son las cosas de la guerra.
            Al final uno sólo puede concluir que Khadr, que cuando fue apresado tenía 15 años, que fue torturado por los norteamericanos a pesar de estar herido, ha vivido una vida de víctima. Probablemente primero de su propio padre, que lo embarca en una aventura guiado por un irracional fanatismo, luego por sus captores, y más encima por la actitud indiferente y – a juzgar por el rol de sus agentes de inteligencia y seguridad – de complicidad tenida por el gobierno canadiense. Actitud esta última que avergüenza a un país que hasta ahora tenía al menos una cierta fama como protector de los derechos de sus ciudadanos. Quizás ahora sólo una ilusión de un mejor pasado.
            Comentarios: smartinez@diarioelpopular.com